De profesión crítica sentimental

Me llamo Wendy, tengo 29 años y llevo 1.112 días soltera. 1.112 días que empiezan a ser fuente de controversia familiar y de inspiración a toda una serie de casamenteros psicópatas que, además de querer poner remedio a mi situación, intentan reconfortar mi consabida pena -consabida por ellos porque desde luego que yo no siento pena ninguna -con frases tan lamentables como “cuando menos te lo esperes, llegará el hombre de tu vida”. A todo esto, el muy señor mío debe haberse perdido por el camino, por lo que he pensado que era mejor entretenerme con alguno de sus congéneres con el fin de estudiar, y recalco aquí la intención sociológica del experimento, una especie que se presenta ante nosotros con la simplicidad más absoluta cuando en realidad esconden tras de sí la mente más retorcida e insana nunca antes vista.

miércoles, 8 de mayo de 2013

El misterioso chico de los ojos azules del tren


Hoy me he despertado a las 6:30 pero en el preciso instante en que la última pestaña se despegaba de su compañera del párpado inferior he sentido que hoy no quería coger el tren de las 7:41. En realidad cogiendo el de las 8:11 tengo más que de sobras para llegar bien a la oficina pero resulta que falté unos días por enfermedad común y en la empresa donde trabajo te hacen recuperar las horas. En honor a la verdad, tengo que decir que todos disponemos de 24 horas de libre disposición y en caso de enfermedad, aunque esté justificada con el correspondiente parte médico, las horas de ausencia se consideran de libre disposición. El caso es que aún no he gastado todas las horas pero tengo la presión de no poder ponerme enferma en lo que queda de año. Teniendo en cuenta que estamos en mayo y que ya de por sí soy de salud más bien endeble, no quiero encontrarme en la tesitura de deber horas a la empresa y, por lo tanto, que me lo descuenten de mi estipendio. Y ésta es la explicación de por qué cojo el tren de las 7:41 pudiendo coger el de las 8:11: entro media hora antes para recuperar mi bolsa de horas.



Total, a lo que íbamos, que me he despertado y me he dicho para mis adentros: hoy no me da la gana de coger el tren de las 7:41.  Mi decisión no ha sido fruto de la casualidad, ya que viene clarísimamente condicionada por el hecho que en el tren siguiente, el de las 7:55 dirección Manresa, suele viajar un chico que me tiene, cuanto menos, intrigada. El chico es bastante guapo aunque debo decir que de una belleza poco común. Está claro que los ojos azules son un elemento recurrente dentro de los cánones de belleza actuales pero sospecho que él sería igualmente guapo en caso de tenerlos marrones. Tengo que decir, de todos modos, que a mí los ojos azules no me suelen fascinar. Me inquietan. Además tengo la absurda teoría que todas las personas de ojos claros disponen de un filtro óptico que hace que vean las cosas del mismo color que sus ojos. Esto lo pienso desde que era pequeña cuando en párvulos le pregunté a mi amiga Marta si ella por tener los ojos azules veía las cosas de ese color. Su respuesta fue aún más absurda que mi pregunta. No, lo veo normal, y ¿tú ves las cosas marrones? El caso es que sabiendo que él suele coger este tren (ya hemos coincidido en otras ocasiones) he pensado: Calla, no corras y, en lugar de coger el tren de las 7:41 con parada final en Terrassa, coge el de dirección Manresa de las 7:55 y así puedes seguir investigando su misterioso comportamiento. Y digo misterioso porque precisamente aquello que le hace atractivo no son sus ojos si no ese halo de misterio que le rodea. Aunque, bueno, mentiría si dijera que no es guapo porque en realidad sí lo es.

El chico misterioso de los ojos azules siempre lee libros extraños en inglés pero pese a ello tengo el firme convencimiento que es de aquí. Todavía no lo he oído decir esta boca es mía pero ésta es mi historia y si yo quiero que el chico misterioso sea de aquí, lo es y no hay más que decir. El hecho es que él, cuando me ve, me sonríe con una de esas sonrisas tímidas con las que se te achinan los ojos y no se te despegan las comisuras de los labios, para después fingir sumergirse en una lectura concienzuda  mientras que por el rabillo del ojo estudia cada uno de mis movimientos. Yo esto lo sé porque finjo hacer exactamente lo mismo aunque mis lecturas suelen ser más banales, como por ejemplo el último libro de Albert Espinosa. Eso sí, tenemos la habilidad de no coincidir nunca con nuestras miradas furtivas. De otro modo sería bochornoso porque se pondría de manifiesto que en ambos casos estamos espiando al otro. Así que fingimos leer durante los más de 35 minutos que dura el trayecto.

Alguna tarde hemos coincidido en el viaje de vuelta a casa, con el tren de las 6:15, dirección Martorell. Solemos viajar en el primer vagón y digo solemos porque el viaje de vuelta nunca lo hago sola, sino con unas compañeras italianas de mi empresa: Rossella y Federica (Ciao, ciole!).  Por la mañana, sin embargo, sí que viajo sola porque las italianas, con suerte, cogen el de las 8:15, dirección Lleida-Pirineus, que les hace llegar 15 minutos tarde al trabajo. Por la tarde, si detectamos su presencia en el vagón, corremos a sentarnos a su lado y aquí la situación es aún más cómica porque el chico misterioso de los ojos azules sigue empeñado en hacer ver que lee mientras nosotras decimos barbaridades en italiano acompañadas de gestos de entendimiento universal que nosotras adoptamos pensando que nos permiten comunicarnos sin que nadie nos entienda. Nada más lejos de la realidad.

Volviendo a mi historia de la mañana, he de decir que pese al esfuerzo realizado para coger el mismo tren que él, hoy no estaba. En ese momento he pensado que era una irresponsable por no cumplir con mi estricto calendario de recuperaciones de horas laborales y que seguramente él cogería otro tren más tarde para mirar por el rabillo del ojo a otra chica. Todas estas divagaciones me han llevado un tiempo, tanto es así que sin darme cuenta ya estaba en Terrassa. Cuál ha sido mi sorpresa cuando he subido a las escaleras mecánicas y lo he visto, encabezando la hilera de personas y coronando la cima antes de poder reparar en mi persona. Aquí mi mente ha estado lúcida y en el segundo tramo de escaleras he optado por las manuales abriéndome paso a empellones entre los ecologistas que se empeñan en transportar sus bicis en el tren a primera hora. El sprint final ha valido la pena cuando, ya en el vestíbulo, a punto de echar el corazón por la boca, se ha girado en el preciso instante en que atravesaba el umbral de la puerta para salir de la estación, percatándose de mi presencia justo a tiempo para dedicarme una sonrisa antes de abandonar el edificio.



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