Cuando se tiene el alma herida, no hay nada mejor que refugiarse en el mar. Lo recomiendo. La playa en octubre puede ser el sitio más hermoso del mundo para esconderse y que nada ni nadie perturbe un momento tan íntimo donde te encuentras solo ante tus pensamientos, ante la esencia de tu persona y tus propios miedos. Por un momento he creído que sólo existíamos el mar, la arena, el sol y yo... Y ese preciso instante ha sido el segundo de felicidad más bonito que he tenido en los últimos días.
El sosiego de las olas ronroneando en mi oído, cantando sólo para mí, me ha cargado las pilas tanto que no he podido evitar lanzarme a sus brazos. El agua estaba tan fría que ha revivado el calor de mi cuerpo hasta el punto de poder oír de nuevo el latido de mi corazón. Me he desnudado sólo para él, para un mar gélido que me ha acogido en su regazo para purificarme el alma. Cuando he salido del agua creo que ya era otra persona, otra persona nueva con más ganas de comerse el mundo que nunca.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada