De profesión crítica sentimental

Me llamo Wendy, tengo 29 años y llevo 1.112 días soltera. 1.112 días que empiezan a ser fuente de controversia familiar y de inspiración a toda una serie de casamenteros psicópatas que, además de querer poner remedio a mi situación, intentan reconfortar mi consabida pena -consabida por ellos porque desde luego que yo no siento pena ninguna -con frases tan lamentables como “cuando menos te lo esperes, llegará el hombre de tu vida”. A todo esto, el muy señor mío debe haberse perdido por el camino, por lo que he pensado que era mejor entretenerme con alguno de sus congéneres con el fin de estudiar, y recalco aquí la intención sociológica del experimento, una especie que se presenta ante nosotros con la simplicidad más absoluta cuando en realidad esconden tras de sí la mente más retorcida e insana nunca antes vista.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Sala de estudio nocturna

Por un momento he creído haberme equivocado. Cuando he llegado a la sala de estudio que la Biblioteca pone al alcance de estudiantes afanosos con ganas de empaparse de conocimiento a altas horas de la madrugada, creía que me había colado por error en un casting de fama. Varias adolescentes, ataviadas con pantalones de chandal anchos y bambas Nike multicolor, susurraban, bueno más bien daban por saco, entre ellas creyéndose no perturbar el reencuentro con el conocimiento de los allí presentes.

Si a esto le unimos una aspirante a secretaria del año, capaz de realizar más de mil pulsaciones por minuto y un chico con ataques de tos espásmica, puedo resumir la noche de estudio en algo parecido a una mierda pinchada en un palo que tiene más fans en Facebook que Silvio Berlusconi.

¡Si es que le nombre lo dice bien clarito, coño! SALA DE ESTUDIO. Es una cosa de pura lógica: si no vas a estudiar, te vas a la puta calle a joder la marrana. Y si tienes tos, te tomas un Halls y te quedas en casa y no haces partícipes a los demás de tu mierda de salud a la que te está llevando tu asquerosa adicción a los cigarrillos. Por no hablar de nuestra amiga, la aspirante a secretaria del año, que además de blasfemear en alto por algún hecho inoportuno fruto de la tecnología punta de su portátil, no ha parado de zampar en todo el rato, con su consecuente ruido y molestia para mis delicados oídos.

Así concluye la noche. Me voy para casa, que mi camita me está esperando.

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